Día : octubre 14, 2007

La negra historia de la victoria de los Pumas frente a Sudáfrica

Santiago O’Donnell escribe hoy en Página/12 un relato sobre la trastienda de la que, deportivamente, es la única victoria de nuestro seleccionado de rugby frente a su par sudafricano, mostrando una vez más cómo se utiliza políticamente el deporte en la historia.

Corrían los últimos años de plomo en la Argentina y los del apartheid en Sudáfrica, y evadiendo el bloqueo cultural, deportivo y económico de las Naciones Unidas al estado segregacionista, el seleccionado argentino de rugby disfrazado bajo el nombre de “Sudamérica XV” realiza una gira por Sudáfrica y enfrenta a los Springboks en el estadio de Bloemfontaine, derrotándolos por 21 tantos a 12. Esta victoria deportiva de Los Pumas constituye una de sus “hazañas”, dado el poderío del seleccionado sudafricano en aquel entonces.

Vale la pena destacar que Sudáfrica estaba totalmente aislada del mundo y nadie quería jugar con ellos, viajar al país y mucho menos recibirlos. ¿Tienen aquellos pumas la carga de haber sido cómplices de un estado racista y brutalmente represivo contra la mayoría de su población?. Obviamente, es mucho decir y no viene al caso tremenda responsabilidad. Seguramente lo único que les importaba era el encuentro deportivo y poco de la realidad política sudafricana de aquel momento.

Sí es importante que, ahora que se enfrentarán nuevamente estos dos equipos en otro tiempo y en otra historia, recordar el pasado del que fueron parte y no perder la memoria sobre cómo es utilizado el deporte con fines propagandísticos o políticos. Los Pumas no deben tener ninguna mancha negra en su piel.

El viaje de las manos del Che

Interesante nota publica El País sobre el largo periplo de las manos amputadas de Ernesto Guevara hacia Cuba, años después de su muerte.

Coronel era parte de un intrincado plan para hacer llegar a La Habana las manos del Che. El Ejército boliviano se las había amputado después de su ejecución, dos años antes, para tener una prueba de su identidad. Después, las manos habían ido a parar al dormitorio del ministro del Interior de Bolivia, Antonio Arguedas, que las había escondido debajo de su cama, en un bote con formol, dentro una urna de madera, “con terciopelo rojo y un acabado muy elegante”, según su propia descripción.